La Cris Miró de Carlos Sanzol

PIN

HEMBRA. Cris Miró. Vivir y morir en un país de machos.

Escrito por Carlos Sanzol, editado por Matías Reck y publicado por Milena Caserola.

.

Nos encontramos ante una investigación con técnica periodística que se aleja del relato en primera persona tan de moda en los últimos tiempos. Y digo moda meramente como dato estadístico. ¡Qué bueno que la narración en primera persona sea el dato más frecuente en libros y documentales LGBT+ en la Argentina!

El informe investigativo, si es que acaso así pudiera llamarse HEMBRA, también se aleja del ensayo y se acerca por ratos al género novela, sin una construcción extendida de sus personajes, pero si flashes y detalles tomados de testimonios de amigos, familiares, compañeros, fuentes periodísticas, libros y fuentes televisivas. Aparecen así citas desde el emblemático Historia de la homosexualidad en la Argentina de Osvaldo Bazán hasta el programa televisivo de la señora Mirtha Legrand. Es aquí cuando quienes nos situamos en las Ciencias Sociales encontramos en el libro una práctica hermenéutica, una lectura a la vida de Cris Miró, a partir de conceptos que pululan en nuestra actualidad. Aparecen palabras como transgresión del género o el género en disputa que inmediatamente recuerda a la filósofa Judith Butler.

Por otro lado, HEMBRA. Cris Miró. Vivir y morir en un país de machos, hace un recorte de la década del 80 y 90 del siglo pasado. Destacando en los 90s la Argentina como un país trans. Sí, trans-moral, trans-ideológico y trans-político. Impregnado por el menemismo (de Menem) que el autor resume en el caso Coppola: “…pragmatismo, notoriedad porque sí, confusión y ambigüedad moral y política” (página 126). Es en este contexto donde triunfó Cris. Allí reino Cris Miró.

Sanzol apuesta a las imperfecciones perfectas de Cris Miró, contrastando verdades y mentiras. Por ejemplo, destaca las palabras inverosímiles cual ficción noventosa sobre la aceptación de su padre mencionada en una entrevista. Esto queda desmentido por los testimonios sobre el machismo domesticado de doña Hilda, su madre. También, aparece aquella mentira sobre su participación en el elenco de Las criadas bajo la dirección de su exprofesora Mónica Cabrera, la falacia sobre la oportunidad de modelar en París y sus dolores estomacales atribuidos al agua del grifo para así justificar su delgadez y ocultar que estaba infectada por el VIH. Es está la Cris Miró de Sanzol, humana, a la que no deja de elogiar en cortos destellos de poesía:

“En el lugar, reinaba.

Su pelo negro largo, con sus rizos de hembra.

Sus modos suaves, de hembra.

Su voz delicada, de hembra.

Sus ademanes aterciopelados, de hembra.

Su mirada felina, de hembra” (página 48)

Cinco años ha pasado desde la publicación del libro y siempre sigue invitándonos a nuevas lecturas e interpelaciones. La primera de ellas es preguntarse ¿si se es una mujer trans (o travesti) se deviene obligatoriamente en activista? ¿Cris Miró fue activista? Antes que todo fue una artista. Algunos pueden argumentar que basta con nuestros cuerpos para ser activista. Yo pienso que es exagerado y en este sentido comparto las ideas de la filósofa Elizabeth Duval en su libro Después de lo trans. Disputaciones y disquisiciones desde la apatía: “No estoy tremendamente enfadada, que también: estoy hasta el coño de lo trans. Nota aclaratoria: me he re-ti-ra-do, me jubilo, quiero que me den una pensión o al menos alguna paguita por los servicios prestados a la patria posmoqueer…”

Las palabras de Duval me hacen centrarme en la Cris Miró artista, vedette, mediática, deseada, famosa, hija y novia. Entonces, me surge otra pregunta: ¿si dejo de mencionar lo trans dejó de visibilizar?

Leave Your Comments